El proyecto
Yi-Fu Tuan escribió que, si el espacio es lo que permite el movimiento, el lugar es pausa.
El Parque Natural La Piuchena, en Corinto, está hecho de pausas a lo largo de un estero. Casi 140 metros de pasarela de pino impregnado acompañan el curso del agua, despegados del suelo, hasta un mirador frente a la cascada. El sonido del agua guía el recorrido y crece a medida que uno se acerca.
La primera pausa es un portal: una secuencia de marcos de madera, bancas y paneles que cambia el ritmo del paso antes de entrar al bosque. Después, la pasarela sube por la ladera entre barandas de madera, gira con la pendiente y deja ver el parque desde arriba.
Son 1,8 hectáreas de parque natural validadas con la comunidad y 5.700 m² de compensación ambiental con especies nativas. Un parque que no se impone al lugar: lo hace visible.

Del croquis al proyecto
La anotación más pequeña del croquis es la que ordena todo el parque: se sube con el estero. La pasarela no cruza el agua, la acompaña. Avanza entre el bosque nativo y la plantación forestal, se quiebra según la pendiente y se detiene tres veces: un portal con la primera estación, una segunda estación y, al final, un mirador frente a la cascada.
Antes de ser parque, La Piuchena era un relato: la leyenda del Piuchén y la Piuchena, que da nombre al lugar. El recorrido la traduce en tiempo. El portal marca la entrada a la historia; las estaciones, como capítulos, detienen al visitante donde el relato continúa; la cascada es el final.
Galería